Sobre-estimulación, y falta de capacidad reflexiva y creativa

Hace poco apareció en antena 3 una carta de un profesor que hablaba sobre un nuevo “juguete” que distraía a los niños, y se incidía en que hoy en día a los niños no se les permite aburrirse, y las consecuencias de esto. En primer lugar, comentar que estoy totalmente de acuerdo con este profesor, pero me gustaría ir un poco más allá.

Vivimos en una sociedad sobre-estimulada, con una incesante cantidad de información que nos llega a través de diversos canales de forma continua. Nuestro cerebro se ha convertido en un recipiente que recibe datos  constantemente, almacena los que puede y elige los que más le gustan. Pero es que esto no es un problema de los niños, es social y cultural.

¿O es que a los adultos no nos pasa? Durante el día, normalmente realizamos un trabajo que cada vez tiende más a ser rutinario. Si tenemos dos minutos libres leemos el periódico, o revisamos el correo. En nuestras horas ociosas escuchamos el telediario, vemos algún deporte, algún programa de televisión, leemos un libro, o disfrutamos de series y películas. En los desplazamientos escuchamos música o la radio, ¡Pero si incluso durante las comidas estamos revisando el Facebook y cotilleando lo que les ha ocurrido a los demás!

Con todo este avasallamiento de datos constante, ¿Dónde queda el espacio para la reflexión personal, para tener ideas propias, para que podamos crear algo? Es totalmente imposible.

Por supuesto, todo esto no comienza en la edad adulta, tiene su inicio en las edades más tempranas de la infancia.

Aproximadamente hasta los 7 años las personas crean su modelo del mundo y desarrollan sus capacidades mentales, aunque por supuesto, más tarde se pueden modificar, corregir y cambiar esas conexiones neuronales, nuestro cerebro es así de agradecido.

Desde que somos niños, estamos permanentemente recibiendo datos. El sistema educativo se basa en la memorización y en la repetición de patrones. Un profesor y un libro proporcionan datos, y los niños, a aprendérselos. Todos a tener buena caligrafía, la misma letra, repasando palabras ya escritas, a copiar textos. Todos a colorear sin salirse de las líneas, a copiar tal o cual dibujo, a hacer formas que se” parezcan a”, y en demasiadas ocasiones se castiga al que tiene un poco de imaginación y se comporta distinto, dibuja lo que no toca, o pinta como no le han dicho que lo haga. Por supuesto, todo el sistema educativo, basado en obtener un resultado, una nota, una calificación que efectivamente nos clasifique según dichos resultados, para que nos vayamos amoldando a este sistema productivo. No vaya a ser que alguien lea simplemente por gusto, o aprenda porque aprender resulta que es divertido. A ver si vamos a desarrollar la curiosidad…

Así, luego ocurre lo oque ocurre. A mí mismo durante mucho tiempo todo lo que sonara a aprender me recordaba a una obligación, a un trabajo, y me causaba rechazo. Menos mal que como digo, eso cambió, gracias a que nuestro cerebro tiene una increíble plasticidad y se puede reconfigurar.

Después, tras el horario escolar, l@s niñ@s a jugar a la consola o el ordenador, ver la tele y los dibujos, o con suerte a realizar alguna actividad extraescolar, que en el mejor de los casos nos gustará, y en el peor simplemente llenará ese espacio de tiempo que quedaba vacío…y menos mal…¡ A ver si en ese lapso de tiempo nos va a dar por pensar!

Así, más tarde, en nuestra etapa adulta, nos pasa que hemos perdido casi completamente nuestra capacidad crítica, reflexiva, y creativa. Hemos aprendido a pasar nuestro tiempo llenándonos de datos, pero no a cuestionarlos. Nos resulta mucho más fácil autoetiquetarnos, unirnos a un grupo de personas que “piensen” igual que nosotros, poner un canal de televisión afín a lo que ya creemos y que nos dé una visión del mundo a la que adaptarnos, leer las opiniones de personas que consideramos expertas y aceptarlas sin más.

Nos adherimos a una izquierda o a una derecha, nos autodefinimos como tradicionales o progresistas, nos vestimos como se viste tal o cual grupo de personas,  aceptamos las costumbres y las alabamos, o nos revelamos contra ellas porque somos anti-todo.

¿Cómo vamos a cuestionarnos lo que nos dicen si en la mayoría de ocasiones no somos capaces ni siquiera de replantearnos nuestra propia opinión? ¿Si vemos en la autocrítica una debilidad? Antes pensaba que mis dudas constantes eran una muestra de mi falta de conocimientos, de una opinión poco firme, ahora sé que forman parte de mi crecimiento personal.

Si Copérnico se hubiera limitado a almacenar datos seguiríamos pensando que el  universo gira alrededor de la tierra. Si Picasso se hubiera limitado a copiar dibujos no hubiera triunfado el cubismo. Si Cervantes no hubiera “perdido” su tiempo escribiendo sobre un viejo loco, la obra más importante de la literatura en castellano no existiría. Si Ramón y Cajal no hubiera combinado la ciencia y su hobby, la fotografía, no sabríamos de las excelencias del sistema nervioso y las neuronas. Si Albert Einstein  no hubiera cuestionado la ciencia de su momento, no sería lo hoy es para la historia de la humanidad. Los grandes genios tienen una característica común, dedicaban mucho tiempo a reflexionar, a pensar y expresar lo que llevaban dentro.

Todo lo nuevo, desde aquello que nos hace estremecernos y emocionarnos, el arte, hasta lo que nos permite crecer como especie, el conocimiento, requiere que innovemos, que aprendamos, observemos, y memoricemos, pero también que nos cuestionemos lo que conocemos, que dediquemos tiempo a crear, a reflexionar, a pensar.

Así que por favor, permítete confiar en ti, tener ideas propias. Cuando veas que algo se hace porque siempre se ha hecho así, cuestiónate si realmente tiene sentido. Cuando alguien te diga que no lo hagas porque lo hace todo el mundo, cuestiónate si ese acto de rebeldía es razonable. Olvídate de lo que te digan. Busca información y contrasta. Permítete escribir y ordenar tus ideas. Permítete inventar una canción, hacer una buena foto, lo que sea. Permítete llevar la contraria a la gente que te rodea si crees que no están en lo cierto, y aceptar la idea de alguien que parece no tener nada que ver contigo si piensas que puede tener razón. No te encasilles. No eres hippie o facha, joven o viejo, mujer u hombre.

Eres tú.

Y tú tienes la capacidad de tener tus propias ideas.

Permítete, incluso, cuestionar todo lo que he dicho en este artículo.