Placer y Poder.

TESTIMONIO DEL NACIMIENTO DE KAI
Dedicado a mi madre, que desde niña me contaba que el parto no dolía.

 

 

Esta es la historia del nacimiento de Kai B. G., pero es –sobretodo- la historia de un parto-renacimiento, el mío, porque lo ocurrido ese 3 de julio de 2016 desafía lo que he creído ser hasta ahora.

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Y me da miedo olvidarlo.

Empiezan a desdibujarse los detalles, a perderse los aromas, el olor único y adictivo de este bebé y de mi sangre, el rastro en las paredes de una casa arrebatada por un parto.

(¿Qué es más difícil de integrar: las experiencias que nos muestran nuestros propios límites o las experiencias que revelan nuestro poder?)

Pero no quiero olvidarlo, os digo.

Me aferro a las imágenes, a las sensaciones. No quiero olvidar quién fui aquella tarde, quiénes fuimos nosotros, y cómo viniste tú, Kai, hasta aquí, a este lugar humilde, a esta tierra de sol y polvo.

Kai –nombre soñado- no decidió nacer hasta la semana 41+5. Yo lo esperaba desde la 37, o aún desde mucho antes, porque la idea de que podía tener un parto prematuro arraigó en mí con cierta fuerza de la mano del estrés y el malestar emocional durante el embarazo. Tu gestación, pequeño, no fue la ideal. No fuimos capaces de acompañarla de paz. Pero ¿sabes? Ahora siento que eso no importa demasiado. No, después de ver cómo fue tu nacimiento. No, después de conocerte estos dos meses.

Mi querido Kai, no fuiste un bebé buscado. Apareciste ante nuestros atónitos ojos en forma de rayita rosa, tras aquel septiembre de 2015 marcado por una superluna roja con eclipse. Aquella noche de magia instintiva, tras un rito secreto que no contaré, inspirado no sé por quién, no sé por qué, mi ciclo dio un vuelco. Y viniste tú, Kai, hijo de la Luna. Cáncer, claro 😉

Por aquel entonces, estaba cerrando la crianza de tu hermano Son, con las tetas ya cansadas y con dos años de sueño interrumpido cada dos horas a mis espaldas. Quería volver a mi desarrollo profesional. Mi falta de independencia económica a mis 34 años me quitaba el sueño. Estaba descubriendo el lado más íntimo del patriarcado, el que se cuela entre las rendijas de todas las casas, quiera una o no, quiera uno o no.  Y no deseaba ser madre de nuevo.

No obstante, me alegré inmediatamente. Te acepté imaginándote chica.

Mi Luna, Lunita… pensaba los primeros meses.

Soñaba con alguien con quien compartir mis descubrimientos en torno a los misterios de las mujeres. Y no fue así. De nuevo, un varón. Y esto es parte importante de esta historia.

  • ¿Puede un hombre realmente ser tan buen matrón como una mujer? ¿Alguien que no ha parido ni podrá hacerlo jamás?

Nos preguntábamos tu padre y yo en el coche el día anterior a la cita con la matrona candidata a atender tu nacimiento en casa. Aún no sospechábamos lo que íbamos a encontrarnos. ¡Me resulta divertido ahora!

Habíamos quedado con Choni, creadora del centro Hebamme. Yo le había seguido la pista desde hacía años en las listas de El parto es Nuestro y me pareció genial cuando me enteré que era ella el referente para los partos en casa en Cartagena. Pero cuando llegamos a la consulta, entró también un chico joven junto a ella. Choni comentó de pasada que él también se dedicaba a los partos domiciliarios.

Ah, vale, -pensé- aunque aún así no sé qué pinta aquí si no va estar en el mío pero bueno…

Poco a poco la verdad fue desvelada: Choni estaba cortando vínculos aquí porque se marchaba a Israel a vivir. Alejandro era quien se iba a ocupar de los partos en casa a partir de ahora.

¿Qué?! ¿Un tío?– Me quedé atónita. Por aquel entonces estaba bastante enfadada con los hombres en general y su entrada en matronería me despertaba recelo. Ya vienen a usurpar el lugar y los conocimientos de las mujeres, a querer meter sus manazas y a poner sus huevos encima de la mesa… (que esto lo entienda quien pueda, porque no lo voy a borrar).

No aguanté mucho sin decirlo: lo siento, pero es que nunca me había imaginado esa posibilidad… ¿Parir rodeada de hombres?

Él me dijo que lo entendía y no me presionó de ningún modo. Luego, cuando me quedé a solas con Choni, me dijo que la cosa estaba en si podría conectar con el lado femenino de Alejandro.

– ¿Lo tiene? ¿Me va a tocar como tú me acabas de tocar?- pues acaba de hacerme una exploración por una molestia que tenía.

Me respondió que sí.

Aquel día no lo vi nada claro. Decidí que miraría más opciones. No obstante, acudí a una clase de gimnasia para embarazadas que Alejandro impartía en Hebamme. En ella, guió una relajación final que propiciaba un encuentro con el bebé. Y resultó profundamente emotivo. Me contuve las lágrimas y aún así lloré medio avergonzada intentando que no se notara. A los pocos días, cancelé mi búsqueda. Aunque mi cabeza no lo tenía tan claro y me venían frases de Michel Odent a la mente sobre la inconveniencia de la presencia masculina en los partos, sentía con total claridad que no tenía que seguir buscando. Él sería mi matrona.

Así que mi parto estuvo rodeado de hombres. Me atendió un hombre. Mi acompañó mi pareja hombre. Estuve al inicio con mi hijo. Y parí a otro varón. La vida siempre te ofrece las experiencias necesarias para aprender lo que necesitas aprender.

Aún me emociona esta parte de la historia. Creo que ha resultado sanadora. Pero, claro, él no es un hombre “normal”.

  • Yo soy feminista- me dijo aquella mañana en la que le trasladé mis problemas con la masculinidad, y fue como un sueño cumplido. Secretamente imaginaba que me dijera esa frase exacta, necesitaba oírla. Necesitaba saber que él era consciente de en qué clase de sociedad vivimos. Cuando le escucho hablar de “las matronas” incluyéndose a sí mismo se me cae la baba…

Con él todo fue sencillo y cálido, simple y significativo a la vez.

¡Con sus insultantes 28 años!

Dijo las palabras justas, desapareció cuando tenía que desaparecer y estuvo cuando tenía que estar. Así de simple. Así de complicado.

Yo ya venía de un parto en casa así que tengo cierto criterio para decir que la atención que nos brindó fue maravillosa. Siempre generosísimo con su tiempo, sabiendo escuchar, con su positivismo por bandera, cercano, humilde y profesional. Mis amigas decían que de dónde había sacado a ese matrón buenorro XD Está claro que Alejandro vino a romper estereotipos. Eso pienso mientras lo veo alejarse con su moto por la carretera.

Pero volvamos a la historia.

El tiempo para parir en casa se agotaba. Tic-tac. Y otra mañana que me despierto sin que haya arrancado nada. ¡NADA! ¡No hay movimiento! No hay contracciones aunque sean de mierda, solo estoy hinchada como un globo y me duelen todas las articulaciones. Empiezan los nervios y arranca una de mis estrategias de afrontamiento habituales: tengo que hacerlo todo y ya. Homeopatía, infusiones de hojas de frambuesa, baño de hierbaluisa, perlas de aceite de onagra, relajarme, caminar y sobre todo leer sobre todas estas cosas. Entro en un cierto pánico.

Alejandro me dice en un whatsapp que Kai se va a esperar al último día.

La sombra de la inducción aparece con fuerza la semana 41+2. En la consulta, todos los indicadores de bienestar fetal son perfectos. Pero ya programan la inducción para el 41+6. Intento arañar un día más y llegar a la 42, pues el 41+6 aún me atiende Alejandro en casa (es el ultimo día, después el parto solo podría ser hospitalario). No lo consigo. Estoy muy nerviosa. “Nosotros somos amigos de tu bebé”, susurra el médico con un acento argentino… Y me manda a paritorio porque me ha salido la tensión un poco alta. Lloro en el baño y entro por urgencias.

Me tienen hasta tres horas en una camilla con tomas de tensión automatizadas. Por supuesto, mi tensión es perfecta; antes estaba muy nerviosa. Pero algo mágico sucede mientras estoy ahí tumbada: empiezo a descansar, me relajo y me nace imaginar que me acaricio el cuello del útero haciendo circulitos y, de hecho, acerco mi mano sin llegar a tocarme y muevo mis dedos índice y corazón de esta forma, como presionando a distancia, con la intención de estimular, de aflojar… No sé, fue algo muy instintivo. Y entonces una pequeña y maravillosa contracción y un cosquilleo placentero me recorren. Me doy cuenta entonces de que también podría parir en un hospital. Y así, en un plis plas oxitocínico, desdramatizo el tema.

Los resultados del análisis de orina se salen mínimamente de los valores ideales, pero las doctoras que los estudian no le dan importancia y me dicen que me vaya tranquila.

  • Total el lunes te vamos a inducir, no te voy a ingresar para hacerte un test de 24 horas porque los resultado ya llegaría no sé cuando blablablá… Tómate la tensión en casa. ¿Tienes tensiómetro?
  • Bueno, puede tomármela el matrón que va a atender mi parto en casa. (Si en el primer parto mantuvimos nuestra elección en absoluto secreto, en éste lo he dicho a diestro y siniestro. Mi matrona del centro de salud acogió la noticia con toda naturalidad. La ginecóloga que me hacía las ecos, que por cierto era muy simpática, era como si oyera llover. Ella seguía diciendo: pues nada, cuando tengas contracciones te vienes y tal… No procesaba esa información. Era divertido).

La doctora sale de consulta. Mientras la otra –no sé si médico, estudiante o qué- me asegura que todo está bien y que no me preocupe y me explica un poquito más sobre los valores obtenidos y la preeclampsia. Cuando es mi sorpresa que regresa la primera y me dice que me va a ingresar (así tal cual). Ni de coña, respondo (así, también tal cual). Iniciamos una conversación y sus argumentos para el ingreso no son nada convincentes. Hace 3 minutos no veía sentido al ingreso. ¿Qué ha cambiado? Lo tengo muy claro. Mi tensión es perfecta, mi bebé está genial y acaban de asegurarme que los resultados del test de orina no son nada preocupantes. Rechazo el ingreso, me informo de los síntomas de la preeclampsia, acuerdo con ellas volver por urgencias si observara alguno y me marcho a casa.

Y menos mal.

Sabía que necesitaba unos días más y que éstos tenían que ser en casa, relajada y tranquila. Estaba llena de optimismo. Veía acercarse la Luna Nueva, en la que yo nací y en la que también parí a Son, mi primer hijo, y pensaba que ese podría ser nuestro momento. Aún así fueron muchas semanas de espera con momentos muy muy difíciles…

Aunque todo tiene sentido.

Porque, Kai, no naciste hasta que lo desee con todas mis fuerzas, con todas las células de mi cuerpo, con todo mi corazón. Y eso no fue hasta el 41+4, tras una sesión de acupuntura con Alejandro. No antes. Lloré mucho reconociendo esto en voz alta ante él. Y él supo acompañar este sentimiento sin juzgarlo y sin decir nada. Y fue entonces cuando arrancó la magia…

Esa misma tarde empiezan los pródromos. Los siento mientras comemos un delicioso helado. Sonrío y miro a Fonso, mi pareja, con complicidad. Ambos sonreímos. Por la noche damos un paseo de 1 hora (uno de los pocos que di en el embarazo, lo confieso), me doy un baño de hierba luisa y como picante. Toma pack completo. De madrugada, siento unas 7 contracciones claras, nada dolorosas ni intensas, pero claras.

A la mañana siguiente, 3 de julio, habíamos quedado con Alejandro para hacer la maniobra de Hamilton, nuestro último recurso antes de decir adiós al parto en casa y probablemente un “hola” a la inducción. Y a pesar de que esa madrugada por fin ha habido movimiento, quiero hacérmela. Deseo hacérmela. Nos relajamos y Alejandro introduce despacio sus dedos en mi vagina. Fonso, a mi lado de la mano, el primer tacto de todo el embarazo. Sorpresa: “Estás de 2-3 centímetros”. ¡Qué subidón! ¡Qué alegría! Aún así me estimula un poco el cérvix y me doy cuenta que es el mismo movimiento placentero que yo había hecho y visualizado en el hospital.  Escribo a mis amigas con la buena noticia. ¡Por fin un avance! Llevaba 5 semanas esperándolo y ya estaba sintiendo que no era capaz de ponerme de parto. Aún así me hago otra sesión de acupuntura. Para rematar la faena. Estoy sonriendo los 30 minutos que dura.

A medio día, vuelven las contracciones y con ellas un pequeño o gran milagro: suaves olas de placer empiezan a recorrer mis brazos y mis piernas. Me siento embriagada, drogada, oxitocínica perdida. Le mando a Alejandro un whatsapp, que se ha ido a su casa a comer: “estoy flipando”. A lo que él responde: “este parto te va a encantar. Qué envidia me dais las mujeres”.

En la intimidad de mi cuarto, sobre la pelota de Pilates, disfruto como una enana. Pero, fuera, la comida espera. Fonso se ha currado unas lubinas a la brasa y no quiero perdérmelo. Al salir del cuarto y empezar a interactuar con él y con Son, el placer se aleja.

Comemos tranquilos pero expectantes. Sobre las 3, empieza a subir la intensidad de las contracciones un poquito, pero en ningún momento me resultan dolorosas. Sobre las 5, la cosa se pone más seria. Decidimos decirle a Alejandro que venga.

Cuando llega, me encuentra en mi cuarto con mi hijo imitando mis sonidos. Son tiene casi 3 años.  Estoy probando con una estrategia de afrontamiento que en su parto me fue utilísima: decir “Ohhhhh” durante la contracción. Pero pronto la abandono. En mi interior, siento que estoy fingiendo. Esta vez no necesito ninguna técnica.

Mi hijo imita mis sonidos y se sube encima de mí. Su padre se pone nervioso porque ve que me interrumpe y se lo lleva. Les oigo discutir. Yo así no, le digo a Alejandro. Sería bonito que estuviera en el parto, a su padre le encantaría, pero yo así no puedo. Me despido de los ideales y me aferro a las realidades y a mis auténticos deseos. Le pedimos a mi tía Lolita que venga a recoger a Son.

El parto ha arrancado, no hay marcha atrás. Alejandro me lo asegura. Pero yo albergo durante mucho tiempo la duda. ¿Realmente? ¿Seguro? Temo hacerme ilusiones antes de tiempo como me pasó en el parto de Son. Acabé absolutamente exhausta. Pero en este parto todo es distinto. Fonso dice que es como si lo hubiera empezado en el punto en el que acabé el primero, con todo lo que aprehendí en él. Como si lo retomara en ese único grito final de apertura con el que nació Son, sin dar un paso atrás.

Libre, desinhibida, fuerte, poderosa. No intentaba complacer a nadie más que a mí misma. Me sentía con autoridad. “En este parto pienso gritar todo lo que no grité en el anterior”, anuncié.

¿Sabéis esos partos maravillosos, instintivos, animales o divinos, en los que todo fluye, que se leen en los libros y en Internet? Pues así.

Mientras ocurría, pensaba: no puede ser, no puede ser que esto esté pasando, que me esté pasando a mí. ¡Esto es demasiado bueno y demasiado fácil!

Recuerdo que las sensaciones en la primera etapa eran muy similares a las que tienes cuando vas a tener un orgasmo, sin explosión final. Había momentos en los que sencillamente disfrutaba. Al final tomaron otro color. Eran mucho más fuertes. ¿Dolorosas? No lo sé… Desde luego las contracciones de la fase final de la dilatación eran todo un reto. Cada una de ellas. Me hacían sudar. Era todo un trabajo navegarlas. Pero no me siento cómoda llamándolo dolor sin más. Mi madre decía: “no es dolor, es una sensación… intensa” y se quedaba mirando al infinito buscando alguna palabra más precisa que nunca encontró. Estoy de acuerdo con ella. Porque yo, como cualquiera, sé lo que es el dolor. Me ha dolido la cabeza y la barriga, o las mismísimas ingles durante el embarazo, y no creo que sea el mismo tipo de cosa. Por mi cabeza no pasó en ningún momento la idea de analgesia, ni de que fuera algo indeseable. Y desde luego, y aunque acordáramos llamarlo dolor, lo que seguro no hubo fue sufrimiento.

No es mi intención ofrecer ningún consejo general dirigido a futuras madres de cara a sus partos. Cada mujer es única y tiene su camino. Pero si mi relato resuena en ti, y mi voz te resulta próxima, quizá, de algún modo, te ayude conocer mi experiencia. Creo que la clave fue dejarme arrastrar completamente por la contracción, dejando la barriga relajada, blanda… Dejarme llevar sin ofrecer resistencia. Sintiéndola completamente en toda su grandeza y profundidad. Sin querer ir a ningún otro lugar. No digo que sea algo fácil de hacer porque menuda fuerza… te arrastra desde el interior y no sabes hasta dónde… Es como dar un salto al vacío. Es un salto de fe.

Alejandro escucha el latido fetal periódicamente. Ciento no se qué, me dice.

  • A mí no me digas números que no sé lo que es eso, ¡dime si bien o mal!
  • ¡De lujo!- dice con su acento malagueño y una sonrisa tranquila. Nunca lo olvidaré.

En algún momento, me giro interiormente hacia mi bebé y le digo: te dije que no te iba a dejar solo. Esta vez no. Estamos juntos en esto. Estoy contigo. Tranquilo.

Empiezo a buscar los ojos de Fonso en cada contracción. Eso me ayuda muchísimo. Al principio, cuando veo que los cierra y se pone en actitud zen, le digo: “¡abre los ojos! Mírame” con una autoridad que me sale del alma. Estamos agarrados de las manos y nos balanceamos como en un baile ligero.

Me sugieren entrar en la piscina. Yo dudo. En mi anterior parto me sentí obligada a permanecer en la bañera porque la matrona me dijo que estaba avanzando lo que no avanzaba fuera, pero yo sentía que no quería estar allí. Nunca he soñado con parir en el agua. Pero no supe reaccionar y decirlo. Esa fue la tónica durante todo el expulsivo. 8 horas de desconexión de mi cuerpo y de mi poder.

Pruebo el agua. Aunque está muy caliente, es agradable, me relaja y atenúa las contracciones. Descanso. Pero pronto empiezo a notar una presión hacia abajo clara. No sé si lo digo en voz alta, pero el caso es que empezamos a plantearnos la posibilidad de hacer un tacto para ver cómo va la cosa. Yo tengo curiosidad pero a la vez me da miedo que Alejandro me diga que no he dilatado nada, como había leído que les pasaba a muchas mujeres, porque yo me sentía como acercándome al expulsivo y si no era así me iba a descolocar mucho. Al final, decido que me lo haga y… 5 centímetros. Me siento muy decepcionada y entonces pasa algo curioso. Como una niña que se enfada y dice “¡pues ahora no respiro!”, me digo a mí misma: ¡pues ya no hago nada! ¡Me rindo! y me quedo tirada en la cama boca arriba.

No sé a qué me refería que estaba haciendo y que ya no iba a hacer más. Quizá solté un resto de control. El caso que de ahí a dilatación completa no pasó nada de tiempo. Bueno, para mí fue exactamente ir de la habitación de la piscina a mi despacho, pero al parecer fue como media hora. ¡Que me lo expliquen!

Superado ese momento de frustración, todo fluye. Mi cuerpo sabe qué hacer y se mueve con fluidez y diría que hasta con precisión. Empiezo a agacharme durante la contracción, con una especie de movimiento ondulante. Alejandro, que hace rato que ya no se aleja y me va siguiendo con un empapador, me ofrece la silla de partos. Me escucho un sonido más gutural, y lo reconozco como el momento final por una descripción de Odent. Me siento orgullosa. Soy capaz, soy animal, no soy solo un cerebro con patas.

Todo sucede solo. Y yo estoy ahí como protagonista pero a la vez como testigo. Echo la cabeza hacia atrás al empujar. Como un relámpago, pasa por mi mente una explicación de Alejandro sobre cómo eso sucede de forma instintiva cuando estás conectada con tu cuerpo. ¡Así es! La bolsa se rompe en uno de los pujos. Al siguiente, Alejandro me pide que lo mantenga “ahí”, está coronando y puedo tocar su cabeza con la mano… “Siente a tu bebé…”, dice con dulzura. Sé que me está protegiendo. Recuerdo a estos dos hombre emocionados en cuclillas frente a mí, mirándome entre las piernas y diciendo completamente sincronizados: “Despacio, despacio, despacio!” ¡Se me ponen los pelos de punta al recordarlo!

A las 21:50, Kai nace donde nunca pensé que lo haría, en el pasillo, frente al baño, según Fonso bajo una de las vigas que sostienen la casa, en una silla de partos de la que me costó desprenderme.

¡Fue tan fácil sacarlo! Sacar a mi niño fuera, en un expulsivo tan corto, ¡tan poderoso! Ni sentí el “no puedo” ni el famoso “aro de fuego”. Fue simple y natural. Cuando vi su cabeza entre mis muslos di un grito de sorpresa. Nunca olvidaré esa imagen.

Kai pesó casi 4 kilitos y salió sonrosado y asombrosamente limpio. Casi no lloró, a la media hora se enganchó solo al pecho.

Yo misma lo llevé en brazos hasta el dormitorio, aún con la placenta dentro y, por supuesto, sin cortar el cordón hasta que dejó de latir, cosa que haría Fonso. El alumbramiento de la placenta se produjo en la cama, aún sin encender la luz, con la lámpara que llevaba Alejandro en la cabeza (no te asustes que me voy a poner una luz de minero, me dijo cuando se la puso). Fue todo tan íntimo… Hasta los 5 puntos que me dio los recuerdo como algo bueno (mírame de nuevo a los ojos, cariño, que esto va a doler). Estaba tan satisfecha que eso no podía amargarme lo más mínimo. Y tengo que darle las gracias a Alejandro por la sutura porque en el parto anterior la matrona decidió no ponerme puntos ya que era un desgarro pequeño y me dio muchos problemas después… Hombre-medicina, hombre al servicio de las mujeres.

Podría escribir sobre este parto páginas y páginas. Tengo tanto que contar. Pero es hora de ir cerrando este relato. Solo tres cosas más.

La primera, que a las dos horas del parto me levanté y me comí 5 melocotones. No me sentía cansada. Estaba eufórica, y lo estuve durante las semanas siguientes, como una adolescente que quiere salir y divertirse, comerse el mundo.

La segunda es que en ningún momento sentí que entrara en trance o eso que llaman “planeta parto”. O igual se me hizo muy natural… El caso es que no me sentí mística. No tuve visiones de ningún tipo. Me sentí presente,  profundamente humana, poderosa, real y llena de verdad.

La tercera, y ya acabo, es que soy una mujer de corte intelectual, que huye del ejercicio físico, amante del pensamiento, de las ideas, con tendencia a la abstracción y, aunque en los últimos años me he reconciliado mucho con mi cuerpo y con mi feminidad, y transito misterios junto a mis comadres, ese es mi carácter. Ahora puedo aceptarme. Porque ahora sé que una filósofa puede parir como una bruja, con los pies bien plantados sobre la tierra.

Cuando miro la foto que me hizo Alejandro en la que aparezco triunfante con mi hijo en brazos, chorreándome sangre por la pierna, llena de curvas y preciosa, con una cara que lo dice todo, me digo que cada vez que me venga abajo o sienta que no puedo con algo, que no soy capaz, la miraré y me diré que yo soy esa mujer.

Yo soy esa mujer.

Y no quiero dejar de serlo.

 

 

Gracias a mis suegros, por ser nuestro sostén en esta época difícil.

 Gracias a Fonso, por mirarme directamente a los ojos. No pudiste hacerlo mejor. Cariño, pariendo somos la hostia 😉

Gracias a Alejandro Ojeda, por enseñarme que esta historia no es solo para chicas. No hay mejor matrona que tú. Ni matrón.

Gracias a Susana y Paula porque, aún sin compartir mi elección, fueron capaces de respetarla y apoyarme con optimismo. Eso es la amistad.

Gracias a mi tía Lolita, por cuidar de Son y de mí como una madre.

Y finalmente, gracias a mis hijos, Son y Kai, por darme la oportunidad de parirlos y de crecer junto a ellos.

Os quiero.

Ada

“Entrevientos”, Campo de Cartagena, Equinoccio de Otoño de 2016.