El mundo que quiero. ¿Y tú?

Érase una vez, un mundo y un tiempo donde a las personas, desde que estaban en el vientre materno, se las recibía en la confianza y en el amor. En ese mundo, durante el embarazo las mujeres se sentían felices y seguras, privilegiadas y más poderosas que nunca. Y en ese hermoso contexto, una preciosa nena comenzó a crecer dentro del útero de su madre, pongamos que se llamaba Claudia. Claudia se desarrolló fuerte y sana dentro del cuerpo materno, bañada en hormonas beneficiosas, porque su mamá confiaba en sus capacidades y estaba dispuesta a aceptar los cambios que se producían en ella para ser la mejor madre del mundo.

 

Llegó un día en el que Claudia decidió que estaba preparada, y el cuerpo de su mamá y ella se pusieron de acuerdo para que el proceso del parto comenzara. No fue ni antes ni después, fue cuando debía ser, cuando se desencadenaron los factores físicos y químicos adecuados. Y ese día Claudia llegó al mundo tras las horas necesarias para hacerlo, y en la posición que más le convenía, sin prisas ni intervenciones innecesarias. Llegó rodeada de autoconfianza y oxitocina, y en cuanto rozó el mundo con su piel, su madre la abrazó para que el cambio fuera gradual y plancentero. Y así Claudia comenzó a asimilar y a sentir (a un nivel inconsciente y primitivo por supuesto), que ante los cambios de la vida, que en situaciones de estrés, podía sentirse segura de ella misma y recibir respuestas positivas.

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Tras esto, comenzó a crecer entre brazos y caricias, entre mimos y aprendizajes. Aprendió que cuando necesitaba algo, podía conseguirlo. Aprendió que cuando algo no la hacía sentir bien, podía ser modificado, y que en lugar de estresarse o agobiarse, segregando cortisol hasta terminar extasiada, integrando en ella que no merecía la pena luchar por lo que quería, podría llorar simplemente, o hacer determinados gestos que las personas de su entorno reconocían y a los cuales respondían con alimento, con calor, con amor, o cualquier cosa que necesitara. Eso, la hizo una persona más segura, capaz de responder mejor ante estímulos estresantes y de saber que su opinión y sus deseos cuentan y existen.

 

Cuando ya fue capaz de caminar y hablar, a Claudia le dejaron explorar el entorno con el apoyo de sus seres queridos, caerse y levantarse, le dijeron que podía opinar y que debía escuchar opiniones distintas, le enseñaron a distinguir entre sus deseos y lo posible, entre los deseos y las creencias de los demás y la realidad. A Claudia desde que era una niña sus padres le permitieron expresarse, le dieron el ejemplo más adecuado en el que fijarse, fueron congruentes con lo que le decían que debía hacerse y lo que ella veía que hacían ellos.

 

A Claudia, desde que tuvo uso de razón, le explicaron cómo funcionaba su cuerpo. Llamaron a cada parte de este por su nombre, sin miedos ni tabúes. Le contaron cómo llegaban los bebés al mundo y que el ciclo femenino era el primer paso para poder hacerlo, cómo funcionaba y que los cambios en su cuerpo serían positivos y tendrían una finalidad. Le enseñaron que el acto sexual consentido era normalmente necesario para tener bebés, y que era placentero cuando se hacía cuando, como y con quien se quería , y que el embarazo y el parto eran experiencias hermosas, algo increíble que merecía la pena vivir.

 

En ese mundo, los niños y las niñas jugaban al futbol o a las muñecas, tenían pelo corto o largo, independientemente de su sexo. A cada uno se le motivaba para que aprendiera a su ritmo, sin competencia, cooperando con los demás para lograr objetivos, y potenciando aquello que se le daba mejor a esa persona única y singular.

 

Claudia siguió creciendo, y lo hizo de forma autónoma y con la supervisión y el apoyo de sus padres. Descubrió lo que le gustaba y lo que mejor se le daba y dedicó todas sus energías a hacerlo mejor que nadie, consiguiendo ser realmente buena en aquello que realizaba, y en coherencia con su identidad, permitiéndose ser feliz. Esta felicidad hacía que los demás se encontraran bien a su lado, lo que le facilitó las relaciones sociales.

 

En un momento dado, Claudia descubrió lo que era el amor y el sexo. Como desde pequeña le aportaron la seguridad de que podía solicitar aquello que necesitaba, y expresar sus deseos porque si era congruentes podían ser atendidos, como vio en sus padres una relación de confianza, de dialogo, y respetuosa,  pudo pedir lo mismo a la persona que tenía a su lado. Ambos se querían y respetaban como personas, dialogaban y nunca hubo distintos peldaños en esa relación. Como desde pequeña, le enseñaron cómo funcionaba su cuerpo y a quererse y respetarse físicamente, supo hacer que la quisieran y respetaran tal y como ella lo hacía, sin miedos ni tabúes.

 

En ese mundo no se etiquetaba a la gente por creencias políticas, ni por la forma de vestir o por las condiciones económicas. Todos podían tener opiniones propias, sin encasillarse en “paquetes” de partidos o movimientos de “izquierda” o “derecha”. Las personas eran personas independientes con ideas particulares, y no necesitaban encorsetarse. Claudia tenía sus ideas, estaba abierta a cambiarlas por otras mejores si se las demostraban como tal, y respetaba las opiniones diferentes, porque entendía que cada cual ve el mundo a través de su propio cristal llamado “circunstancias”.

 

En ese mundo, en el cual era igual de respetable tener pareja del mismo sexo o del contrario, no tener pareja, decidir tener hijos o decidir no hacerlo, dedicar la vida al trabajo, o trabajar lo justo para vivir, en ese mundo de respeto, Claudia decidió buscar el embarazo con su pareja. Como conocía sus ciclos y su cuerpo, consiguió con paciencia quedarse embarazada, y llena de felicidad (porque desde que era niña le contaron que el embarazo era algo mágico) vivió ese proceso de la gestación. Los profesionales sanitarios vigilaron que todo siguiera el curso de la normalidad, pero además de eso: se esforzaron en empatizar con la mujer y su pareja, facilitaron la implicación de la la pareja en el proceso, consiguieron que Claudia disfrutara de cada momento, escucharon sus dudas y respetaron sus sentimientos,  y mucho, mucho más.

 

Claudia consiguió conectar con su cuerpo y su bebé, porque sabía que era importante, y porque le habían enseñado a escucharse.

 

En ese mundo la excusa del avance científico y tecnológico no servía para desconectar a la mujer de un proceso suyo y de su cuerpo, no servía para echar por tierra toda la historia de la evolución de la especie humana que ha conseguido traernos hasta aquí, en ese mundo la ciencia era tal y los profesionales sabían que ellos estaban para apoyar el proceso normal y fisiológico que es el parto, y que una intervención innecesaria desviaba ese y cualquier proceso fisiológico. En ese mundo se confiaba en la capacidad de la mujer para parir.

 

Incluso cuando el proceso, de forma espontánea, se desviaba hacia lo patológico, y la ciencia y los profesionales tenían que actuar, se hacía con eficacia y respetando al máximo el proceso, permitiendo por ejemplo en todas las cesáreas el contacto con el bebé recién nacido.

 

Por ello, Claudia esperó a que llegara el día en el que su bebé estuviera listo para nacer, y cuando llegó la hora, en su cerebro se despertaron todas las asociaciones positivas que desde pequeña le habían creado. El parto fue un proceso intenso, una experiencia poderosa, positiva y enriquecedora. Ella decidió en cada momento qué quería hacer, y confió en los profesionales que la acompañaban, aceptando sus consejos, porque sabía que si actuaban lo harían solo en caso necesario y respetando al máximo su proceso.

 

El bebé de Claudia, al igual que ella, nació en un proceso lleno de confianza y amor. Con la seguridad que los conocimientos y la ciencia otorgaba.

 

El bebé de Claudia tuvo la misma suerte que ella, y el proceso, que en ese mundo era cíclico, volvió a repetirse una y otra vez.

 

Sueño y aspiro a un mundo así. ¿Y tú?

 

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